
Fate y los trabajadores: una fábrica frenada, millones de litros de solvente y el desconsuelo del barrio
Por Manuel Casado - Trabajadores de la planta de Fate permanecen dentro del predio de la fabrica en resguardo de sus puestos de trabajo.
Lejos de sus años como emblema industrial de la Argentina, con líneas a pleno y más de mil operarios por turno, la planta de Fate -sigla de Fábrica Argentina de Tejidos Engomados- en la localidad de Virreyes, partido de San Fernando, lleva ya cinco días cerrada.
Llegó al desenlace de su cierre con menos de la mitad de su capacidad en uso.
En su ingreso principal por la calle Blanco Encalada, una vigilia de grupo de afiliados del Sindicato Único de Trabajadores del Neumático Argentino (Sutna) reclama su reapertura. El derrumbe del complejo condensa el derrotero de un listado de empresas nacionales: auge al amparo del mercado interno, pérdida de competitividad en medio de vaivenes macroeconómicos, duras tensiones gremiales y, finalmente, el golpe de una apertura comercial que expuso sus límites.
Alejandro Assumma lleva 21 años en la planta de Fate, donde hasta hace días realizaba tareas de vulcanizado, e integra la comisión directiva del Sutna. Desde el miércoles es uno de los trabajadores que permanece en el acampe. “El fin de semana empezaron a correr rumores de despidos masivos. La empresa lo negó, pero el miércoles nos encontramos con el cartel de cierre y las cadenas en la puerta”, relata. Ese día comenzaron a llegar los telegramas de desvinculación para los 920 trabajadores de la planta. El comunicado del cierre se produjo en plena parada técnica. Es decir, con mínimo personal.
La parada técnica ocurre una vez al año y puede extenderse un mes, cuando solo se realizan tareas de mantenimiento, mientras el grueso del personal retoma de manera escalonada y, usualmente, de regreso de sus vacaciones.
Sutna es liderado desde 2016 por Alejandro Crespo, vinculado al Partido Obrero. Desbancó del poder a Pedro Wasiejko, un gremialista enrolado en la CTA, que estuvo al frente del sindicato casi 17 años y fue el número dos de Hugo Yasky. A diferencia del grueso del universo sindical peronista, la actual conducción se identifica con la izquierda y no pertenece a la CGT.
En la reivindicación de “la lucha combativa”, alcanzó notoriedad cuando libró un fuerte conflicto en septiembre de 2022 por el aumento de un 200% del pago extra por trabajar el fin de semana. La disputa escaló en una toma en el Ministerio de Trabajo que frenó la producción de neumáticos en las tres principales fábricas del país: Fate, Bridgestone y Pirelli. El resultado culminó en un aumento de 63% en cuotas y un bono de 100.000 pesos.
El gremio es un férreo opositor al gobierno de Javier Milei y marca presencia en casi todas las protestas. Sin embargo, el sector del neumático está lejos de ofrecer los mejores pagos del mercado laboral industrial. Los trabajadores de Fate consultados por LA NACIÓN calculan que “los sueldos promedios están entre $1.200.000 y $1,600.000″.
El dirigente Assumma recuerda que “ya son 14 meses sin aumento salarial” y afirma que “no fue una discusión paritaria lo que movió esto”. Recuerda que en 2024 la empresa desvinculó a 100 empleados y presentó un procedimiento preventivo de crisis, pese a balances que, según dice, mostraban ganancias por US$192 millones. El año pasado, agrega, se acordó un cambio de sistema laboral -de cuatro turnos rotativos a un esquema que deja la planta parada desde el sábado a la tarde hasta el lunes-, con una cláusula de estabilidad hasta junio de 2026.
En paralelo, el sindicato está atravesado por diversas ramificaciones internas que se enfrentaron en las elecciones de septiembre pasado, donde Crespo logró su reelección, pero con menor nivel de aceptación que en instancias anteriores. En la codiciada seccional de Merlo, donde opera la planta de Pirelli hubo un empate y aún no se resolvió. Ante el cierre de la planta, los dirigentes de unos y de otros espacios aseguran haberse unido para revertir el cierre de Fate. Entre los disidentes que dejaron de lado esas rencillas está Claudio Mora, quien camina la planta con la familiaridad de quien pasó allí casi dos décadas. “No es un sindicato homogéneo ni vertical; hay diferencias, pero el mandato lo fija la base”, afirma.

Mora se desempeña en el área de ingeniería, mantenimiento y automatización de la planta de Virreyes desde hace 17 años. Fue uno de los primeros operarios que el miércoles por la mañana se toparon con los portones encadenados y el cartel de cierre, que luego derivó en la conciliación obligatoria vigente dictada por el gobierno bonaerense, primero, y nacional después. Desde entonces, el también dirigente sindical permanece en el complejo. “La asamblea resolvió sostener la presencialidad porque la empresa no está cumpliendo, por segundo día consecutivo, la conciliación obligatoria dictada por la Provincia y por Nación”, afirma.
Según su reconstrucción, los telegramas de despido llegaron antes de que se dictara la conciliación y, por lo tanto, deberían quedar en suspenso. Sin embargo, los accesos siguen cerrados y no hubo representantes empresariales en el lugar ni en las instancias formales de negociación. “Solo vino una empresa de seguridad privada a colocar carteles; no hay nadie con capacidad de decisión acá”, describe. Tampoco -señala- se hicieron presentes inspectores laborales para constatar el incumplimiento. “La infraestructura está en condiciones de reiniciar la actividad”, manifiesta. El próximo paso será una audiencia virtual convocada por el Ministerio de Capital Humano el próximo lunes, donde volverán a verse representantes de la empresa y del sindicato.
La planta de Virreyes
Fundada en 1940, Fate consolidó su producción de neumáticos en la segunda mitad del siglo XX y convirtió a la planta de Virreyes en su núcleo productivo. Desde allí ganó una porción decisiva del mercado local, primero con cubiertas convencionales y luego con radiales desarrolladas junto a socios tecnológicos extranjeros. En los años de sustitución de importaciones fue emblema de industria pesada y empleo estable.
Bajo la conducción del empresario Javier Madanes Quintanila -también dueño de Aluar, única productora de alumnio- la firma creció al amparo de la protección arancelaria durante el kirchnerismo, enfrentó mayor competencia importada en el macrismo y volvió a operar con cierto resguardo comercial en gobierno de Alberto Fernández, aunque en un contexto de alta inflación y desequilibrios macroeconómicos que encarecieron sus costos que desataron diversos conflictos gremiales.
En su defensa de la política aperturista del mercado, en el gobierno de Milei interpretaron el anuncio del cierre de FATE como una maniobra de la empresa para desestabilizar al oficialismo.
“¿Conspiranoico yo? Fin”, escribió en ese momento el mandatario en sus redes sociales, lo cual acrecentaron las versiones de las sospechas en el seno de la Casa Rosada e iniciaron una ola de acusaciones digitales por parte de la militancia libertaria contra Madanes Quintanilla por supuestas afinidades con el modelo proteccionista del kirchnerismo.
La permanencia del Sutna en las inmediaciones de Fate reunía hasta el sábado por la mañana a unas 70 personas, entre afiliados, organizaciones afines y adherentes al reclamo. También se acercaron dirigentes: por la mañana llegó el exdiputado Luis Zamora, quien mantuvo un encuentro con Crespo. Participaron, además, delegados de empresas con historial de conflictos —Georgalos, Praxair, Paty, Lustramax, Enfer S.A. y Dana Spicer— y representantes de organismos estatales como el Garrahan, el INTI y el Incaa.
La presencia policial es escasa, por momentos nula. No se percibe.
En el predio se instalaron gazebos, baños químicos y un nutrido despliegue de banderas del gremio y de agrupaciones trotskistas con consignas combativas. Del otro lado del alambrado, abierto como acceso a la planta, solo pueden ingresar los empleados.

En el interior de la fábrica deambula el personal de seguridad y hasta el momento la convivencia es pacífica. Pero la acción de traspasar los límites del perímetro, argumentan en el gremio, “no es simbólica”. La planta alberga millones de litros de solventes, negro de humo en toneladas, azufre y acelerantes químicos. “Por convenio siempre hay guardias mínimas, incluso cuando hay paro; ahora la empresa retiró esa guardia y nosotros estamos resguardando las instalaciones y a la comunidad”, sostienen.
El predio ocupa unas 40 hectáreas con más de 70.000 metros cuadrados cubiertos distribuidos en naves de producción, depósitos y playa logística y está rodeado por un barrio de casas residenciales de clase media. “El barrio originalmente se llama Victoria, pero todos los conocen como barrio Fate”, explica un comerciante. Para Ricardo y Roberto, dos hermanos que viven a menos de 150 metros del punto de la vigilia, “impresiona ver la fábrica vacía”. Algunos vecinos, temen por la seguridad de la zona y de que “el predio se convierta en un elefante blanco a la suerte de Dios”.
Fuente: fotos MARTIN COSSARINI