
La simultaneidad no es casual: la reforma laboral y la baja de edad de punibilidad avanzan juntas en el Congreso. Dos golpes que apuntan a los pilares de la sociedad: el trabajo y la infancia.
No es azar, es herida, es un tajo en la memoria. La infancia castigada y el trabajo despojado se cruzan en un mismo gesto. El futuro se escribe con dolor, pero también con la obstinación de quienes aún sueñan.
La casualidad, en política, suele ser un disfraz. Cuando dos proyectos de ley se discuten en paralelo, y ambos apuntan al corazón de la vida social, lo que se revela no es azar sino cálculo. La reforma laboral que pretende sepultar la Ley de Contrato de Trabajo de 1974 y la iniciativa de bajar la edad de punibilidad a los 14 años son piezas de un mismo engranaje: disciplinar a los pobres, desarmar a los trabajadores, condenar a los niños.
La Ley 20.744 fue un símbolo continental. En ella se inscribió la idea de que el trabajo no podía ser objeto de negociación a la baja, que había un piso de dignidad que ninguna patronal podía perforar. Esa conquista fue fruto de décadas de lucha obrera y de un proyecto de país que entendía al trabajador como sujeto central. Hoy, medio siglo después, se busca dinamitar ese piso y convertirlo en un subsuelo de precariedad. La reforma laboral actual no es un ajuste técnico: es un cambio de paradigma. Donde antes había derechos imperativos, ahora habrá concesiones discrecionales. Donde antes había protección, ahora habrá despojo.
La coincidencia con la baja de edad de punibilidad no es inocente. Se prohíbe a un joven de 14 años trabajar, pero se lo habilita a ser castigado como adulto. Se le niega la posibilidad de sobrevivir con dignidad, pero se le abre la puerta a la cárcel. La ecuación es brutal: los niños pobres sobran, y el sistema los quiere invisibles o encerrados. La infancia se convierte en territorio de sospecha, no de cuidado. La adolescencia se transforma en amenaza, no en promesa.
La historia reciente nos recuerda que cada retroceso laboral estuvo acompañado de represión. La dictadura militar no solo desindustrializó el país: persiguió y asesinó a los autores de la Ley de Contrato de Trabajo. La “Noche de las Corbatas” fue un mensaje claro: destruir derechos exige silenciar voces. Hoy, la represión se viste de legalidad parlamentaria, pero el objetivo es el mismo: disciplinar a quienes resisten.
El discurso oficial se ampara en organismos internacionales, en campañas contra el trabajo infantil, en la retórica de la modernización. Pero detrás de esas palabras se esconde la misma lógica: achicar la demanda, reducir la población sobrante, abrir el camino al extractivismo y al saqueo. La infancia se convierte en estadística, el trabajo en mercancía, la sociedad en campo de experimentación para el capital extranjero.
No es casual que se vote todo junto. No es casual que se ataque al mismo tiempo a los trabajadores y a los niños. Es un proyecto integral de disciplinamiento social. Un país donde el aparato productivo se destruye, donde la educación y la salud se desfinancian, donde la pobreza se multiplica, necesita leyes que castiguen a los que sobran y flexibilicen a los que aún producen. Ese es el modelo que se está diseñando: un futuro feroz, sin derechos, sin infancia, sin dignidad.
Pero la historia también enseña que cada intento de despojo encontró resistencia. Que cada golpe fue respondido con organización. Que cada intento de disciplinar a los pobres despertó nuevas formas de lucha. Los jóvenes que hoy cantan con Milo J que “veo luz en tus males” son herederos de esa tradición. La palabra, la música, la protesta, la memoria: todo se convierte en herramienta para alumbrar otro amanecer.
La editorial de hoy no busca consuelo. Busca herir, porque solo el dolor compartido puede despertar. Dos proyectos moldean el futuro, sí. Pero también moldean la resistencia. Y en esa tensión se juega el destino de un país que aún puede elegir entre el saqueo y la dignidad.
"Que no nos acostumbren al castigo. Que no nos roben el derecho a soñar. Que el trabajo no se convierta en condena. Que la infancia no se escriba entre barrotes. Que el futuro no sea una celda ni una fábrica vacía. Que el dolor nos despierte, no nos duerma. Que el país que nos quieren imponer no nos encuentre callados"