
El miércoles 11 de febrero se realizó una marcha hacia el Congreso de la Nación en repudio del tratamiento de un proyecto de ley laboral infame. Se trata de una normativa que aniquila cada uno de los logros obtenidos a lo largo del siglo pasado en favor de las y los trabajadores.
Como viene ocurriendo desde el llamado “Protocolo Bullrich”, cada protesta social por mínima que sea la cantidad de participantes, genera un dispositivo de seguridad de cientos e incluso miles de uniformados fuertemente pertrechados. Las más emblemáticas sin dudas son las de cada miércoles, en que un grupo de jubilados reclaman pacíficamente por mejoras a sus ingresos de miseria. En ellas, son apaleadas impunemente las personas que reclaman, descargándose la mayor parte de la violencia en quienes tienen edad más avanzada o alguna discapacidad motriz notoria. Las imágenes de esas golpizas son difundidas por los medios y recorren el mundo, reproduciendo el mensaje de disciplinamiento elaborado por el gobierno nacional a través del Ministerio de Seguridad.
Durante aquella marcha del 11 de febrero se produjo un hecho insólito y asombroso. Frente a una hilera de cientos de uniformados protegidos con escudos y armamento especial, a muy pocos metros, cinco o seis individuos con los rostros cubiertos (algunos con cascos) se parapetaron detrás de unos cartones que blandieron a modo de escudos. Las cámaras de varios medios, incluidos las de los organismos de seguridad, registraban y transmitían en distintos planos la actividad de este pequeño grupo. Uno de los individuos, de elegante sport y con casco, vertió un líquido de un bidón que estaba a su lado dentro de una botella a la que agregó un trozo de tela. Luego de completar el armado del artefacto, prendió fuego a la tela y arrojó la botella por detrás de la línea de los uniformados, la cual se estrelló contra el piso, no alcanzando a ninguno de ellos ni provocando lesión alguna en sus cuerpos.
En las imágenes que recorrieron los medios del mundo, tomadas desde arriba y con acercamientos muy nítidos, se pueden observar algunos detalles notables. Uno de ellos sin duda es que alrededor de los individuos que armaban las botellas y se parapetaban en los cartones, no había manifestantes, ya que se habían alejado, tomando considerable distancia de la escena. Otro rasgo llamativo fue la tranquilidad con que el hombre con casco preparó su embudo, el combustible y la botella. Finalmente, lo más asombroso resulta sin duda la pasividad con que las fuerzas de seguridad observaron los preparativos, permitieron que se terminara de armar la “molotov” y luego, sólo arrojaron desde el hidrante allí apostado, algunos pocos chorros de agua en los costados de los cartones. Las imágenes muestran además a uno de los protagonistas desde atrás del cartón, haciendo señas a los hidrantes sobre cuándo debían arrojar el agua.
Finalizada la operación, quienes concretaron la performance sin apremio alguno, juntaron sus petates y se alejaron del lugar. No fueron detenidos ni perseguidos por ninguno de los cientos de integrantes de las fuerzas que controlaban el lugar.
Consultada la ministra de Seguridad sobre tal irregularidad, no pudo dar una sola explicación del accionar de los uniformados permitiendo la preparación, consumación y huida de un acto que la ministra calificó como de “terrorismo”.
Dos días después de los hechos, la policía de la ciudad de Buenos Aires, detuvo a un individuo en situación de calle que dormía en el interior de un cajero automático del barrio de Belgrano. Luego de ampulosas declaraciones de la ministra en medios televisivos ufanándose de la detención de un “terrorista”, el hombre de 31 años fue liberado por la justicia ya que ni siquiera había estado en el lugar de los hechos.
El chivo emisario
La obscenidad con que el gobierno manejó el acting de la molotov así como las inconcebibles explicaciones de la ministra sobre la inacción de las fuerzas de seguridad y la oportuna detención del hombre sin techo (Nestor B.), obligan a algunas referencias.
La primera respecto del origen del término chivo expiatorio o emisario que tuvo origen en un ritual hebreo, descripto en el Antiguo Testamento (Libro del Levítico 16). En el Día del Perdón se elegía al azar un macho cabrío vivo. El Sumo Sacerdote, confesaba sobre él las iniquidades de los hijos de Israel transfiriendo los pecados al animal a quien luego conducían al desierto permitiéndole alejarse.
A partir de ese ritual, a lo largo de la historia han sido innumerables las operaciones políticas en las que se utilizaron chivos expiatorios para transferir culpas. Resulta ilustrativo un episodio en particular ocurrido durante el nazismo, cuyo recuerdo es útil para comprender parte del momento que se vive en el país con el régimen de Javier Milei.
En efecto, los nazis, siendo Hitler canciller, orquestaron el incendio del edificio del Parlamento (Reichstag), el 27 de febrero de 1933. Fue parte de la operación para lograr que el Parlamento alemán sancionara una ley que le permitiera a Hitler legislar (una especie de Ley Bases de aquella época).
Se culpó rápidamente del incendio a un joven comunista holandés, Marinus van der Lubbe, de 24 años y luego de una brutal persecución a opositores, la ley fue aprobada el 23 de marzo de 1933. El joven Lubbe fue guillotinado el 10 de enero de 1934. Cuarenta y ocho años después, en 1982, la justicia alemana dictó una sentencia en la que atribuyó al Partido Nazi la responsabilidad de haber orquestado, amparado, impulsado y encubierto el incendio del Parlamento alemán. La sentencia declaró a Marinus van der Lubbe, inocente del incendio del Reichstag, con el argumento de que había sido un chivo expiatorio del nazismo. Ese fallo fue ratificado por la justicia alemana en 2008.
Desde aquel entonces, las operaciones para demonizar y transferir la culpa de algún hecho a una persona o grupo determinado se transformaron en una práctica habitual en los regímenes corruptos.
Es el caso actual del gobierno de extrema derecha argentino, en el que se produjo el referido episodio de armado del proyectil Molotov televisado en directo y observado pacientemente por las fuerzas de seguridad que no lo interrumpieron ni impidieron. La detención dos días después de un individuo en situación de calle durmiendo en un cajero automático permitió a la ministra de Seguridad anunciar públicamente el comienzo del esclarecimiento del extraño episodio.
Por supuesto, horas después, como se dijo, el hombre fue puesto en libertad, pero el circo ya estaba montado. Ello por cuanto, para el sector de la opinión pública a quien se dirige la ministra, la inocencia de Néstor no tiene relevancia alguna.
La secuencia relatada y la pérdida cotidiana de derechos esenciales por parte de los sectores más vulnerables de la comunidad, dejan en evidencia una endeblez institucional sin precedentes. Baste recordar que el propio Presidente de la Nación está sospechado fuertemente de ser autor de una de las estafas más grandes de la historia (criptomoneda Libra). A su vez, su hermana Karina está sindicada de percibir sobornos de enormes sumas de dinero procedente de la corrupción con medicamentos para las personas con discapacidad. (ANDIS).
Finalmente, esa fragilidad institucional aumenta notablemente si se tiene en cuenta que quien tiene la máxima responsabilidad del Estado se autodefine públicamente como enviado de Dios (Aaron) para divulgar la prédica de su hermana (Moisés) (1).
La utilización de chivos emisarios por parte del gobierno libertario ha sido una constante en el discurso del Presidente. Sus palabras de odio se traducen cada día en variados actos de violencia estatal siempre contra los sectores más vulnerables de la sociedad. Identificar y analizar cada uno de ellos resulta indispensable para frenar cuanto antes el avance de una política supremacista y ostensiblemente discriminatoria.
Después, siempre es tarde.
(1) Viviana con vos A 24 13/9/2021